A los seres humanos se nos puede clasificar de mil maneras. Los hay altos, bajos, ricos, pobres, inteligentes…, bueno lo dejaremos en menos inteligentes, y también los hay extrovertidos e introvertidos. Yo soy algo introvertido, lo reconozco. No tímido, ojo, que es diferente. Pronto me entenderéis.

Lo cierto es que ayer, durante la sobremesa de una cena donde había más desconocidos que conocidos, me sorprendí con esa actitud aparentemente distante, escuchando y observando la mayoría del tiempo. Digamos que no fui el centro de atención de la veleda. Y durante unos segundos, me dió que pensar…

Para empezar, hoy en día, extrovertido es sinónimo de sociable, atrayente, popular. Se relaciona con más posibilidades y mayores oportunidades e incluso hay quién cree que equivale a más felicidad. Por el contrario, todo lo que rodea al introvertido está teñido de un cierto halo de negativismo e inferioridad. Pues bien, llegados aquí me van permitir aclarar ciertos aspectos.

En primer lugar, el introvertido también es una persona sociable. Pero a mi entender la cuestión no radica tanto en si lo es o no lo es. No es un todo o nada, un ser o no ser. Tiene más que ver con un “como” se demuestra y “cuando” se demuestra. Sencillamente de forma distinta y menos a menudo.

Al introvertido le gusta hablar, pero sólo de cosas que le interesan. Necesita una buena motivación, un tema o una persona interesante. Difícilmente se enfrascará en largas e improductivas conversaciones y menos sobre temas que no domina. Cuando eso ocurre, ten por seguro que el mal llamado insociable empezará a evadirse de la conversación para acabar sumergido en sus propios pensamientos. En ese momento no será ni creido, ni arrogante. Tampoco será cuestión de cansancio. Está bien, no te preocupes. Sólo que es así. Vive más en su interior.

Y aquí quería llegar yo. Mientras que para el extrovertido lo importante tiene lugar fuera, para el introvertido lo importante ocurre dentro de él. Una vez leí que los extrovertidos son aquellos que son más dinámicos en presencia de otros, mientras que los introvertidos son aquellos que lo son cuando están con ellos mismos. Fantástica definición. Lo que al extrovertido le parece una oportunidad única para renovar las pilas, al introvertido le parece muchas veces un derroche vano de energía. Ambos necesitan reponerla, cada cual a su manera. Los unos, en medio de la gente, charlando, comunicando, compartiendo, los otros, en solitario, en su casa, tranquilamente leyendo un libro. Pero ojo, estar sólo no significa estar aislado. Puede estar en casa, trabajando en el despacho o leyendo en su butaca, y disfrutar al mismo tiempo de saber que tiene a los suyos cerca.

Asimismo, y a diferencia de los tímidos, el introvertido no se siente incómodo en los entornos sociales, ni sufre por ello. No es un problema para él. Elije comportarse de esa forma porque le gusta, le hace sentir bien. No le afecta ni le preocupa el que dirán. Puede ser igual de asertivo que su antónimo y decir las cosas cuando cree que debe decirlas.

          Tampoco es que no cuente con las habilidades necesarias para estar en sociedad. Puede incluso esforzarse y ser el alma de la fiesta. Pero por qué habría de hacerlo y tratar de parecer quien no es arriesgándose a perder su identidad. Déjenlo, no está mal. Posiblemente esté a gusto, mejor que nunca. Sólo que disfruta a su manera.

Además, y a pesar de que el mundo parece preferir los extrovertidos a los calladitos, nunca fue un requísito imprescindible para ser popular. Al contario, la historia ha dejado grandes introvertidos. Bill gates, Al Gore, Mahatma Gandhi o Einstein son buenos ejemplos.

Así que la próxima vez que no acepte tu invitación, no es que esté enfadado ni molesto contigo. Es sencillamente que no me apetece y posiblemente tenga una alternativa a tu propuesta para divertirme o relajarme. No habré sido grosero, sólo distinto.

 

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