Una de mis principales fuentes de insatisfacción personal fue mi tendencia a pensar mucho y a actuar poco. Ya saben, lo del viejo refrán, ese que dice que del dicho al hecho hay un trecho. Y es que, ciertamente, era pura planificación. Y claro, como las metas no son nada hasta que no se convierten en realidad, la cosa quedaba en eso, nada.

Pero tantas ideas y proyectos no podían seguir ahí, eternamente latentes y exigían salir a la luz. Fue todo un proceso de auto-conocimiento el que finalmente dio con la clave. Y si bien mi despertar fue anterior, tengo que reconocer el coaching y todo lo que supuso de vivencias tuvieron mucho que ver.

Descubrí que me limitaba. El problema no se encontraba en mi potencial, enorme como el de cualquiera de nosotros, sino en saber que lo tenía. Tomar conciencia del mismo, aunque estuviera por desarrollar, fue mi primer paso para superar esas limitaciones. Una vez que lo entendí, había recorrido la mitad del camino.

¿Qué cómo lo haces? Una vez que inicies ese proceso de introspección, el mismo te llevará a ir más allá de tus límites y te obligará a expandirte. Tus conocimientos, adquiridos a lo largo de los años, te van enseñando preciosas e enriquecedoras lecciones que, unidas a la acción, dan lugar a tus habilidades. Es decir, habilidad es igual a conocimiento en acción. Y al contrario, limitación igual a ausencia de conocimiento o conocimiento sin materializar. Y aunque simples, estas fórmulas aplicadas a mi día a día me han aportado importantes beneficios.

Otro de los motivos que me impedían pasar a la acción era la excusa “tiempo”. Y es que gran parte de nuestros éxitos pasan por el hecho de dominar y controlar este factor. No lo administraba bien y eso equivalía nada menos que a menospreciarlo. Craso error porque es limitado.  Os contaré lo que descubrí cuando me paré a pensar en ello.

Averigüé que me costaba decir “no”. El ¿que dirán, que pensarán? solía aparecer a la hora de tomar decisiones en un sentido u en otro. Ahora, si no me apetece hacer algo, simplemente evito tener que hacerlo. Aunque reconozco que no siempre es fácil, di no a las actividades que no vayan en la dirección que te hayas marcado. Ah, y no te preocupes, he comprobado que si respetas tu tiempo, los demás también te lo respetarán.

Me fijaba demasiados objetivos y encima, nada fáciles de conseguir. Y aunque he bajado el nivel de exigencia, me queda bastante por hacer. ¡Así que mejor no doy consejos!

Posponía mucho mis tareas. Procrastinaba, y aquí entraba en acción mi yo perfeccionista. O lo hacía todo bien o no lo hacía. Resultado, demoraba y demoraba mis proyectos hasta el nunca jamás. ¿Sabes qué? Ves a lo básico, concentra tus esfuerzos, elimina distracciones y sobre todo, pregúntate si todavía estás tratando de complacer a alguna persona de tu vida pasada… Puede que te lleves alguna sorpresa.

¡Que poco delegaba y cuanto me “dolía” hacerlo! Y todo ello debido a mi ex-creencia, falsa, de que si lo hago yo seguro que sale mejor. Error de nuevo. Aunque reconozco que me sigue costando, aprendí a delegar y a tratar de realizar yo mismo las actividades que mejor se me dan y mas satisfacciones me aportan. Las demás, siempre que tenga la oportunidad, suelo delegarlas. Y ¡oh casualidad!, suelen desarrollarlas mucho mejor que yo…

Cuando me ocurría y me percataba de ello solía esbozar una pequeña sonrisa y pensar, ¡Que excusa más mala te has buscado! Justificación que encontraba al ver esos montoncitos de papeles sobre la mesa y que me daba por querer colocar justo en el momento en que iba a empezar esa ardua y poco gratificante tarea y que ahora han pasado a ser pequeñas carpetas amarillas de mi escritorio que decido limpiar y ordenar justo en ese momento. Permítanme una sugerencia: no seas como ese Paco y no confundas pulcritud con organización. ¡Te irá mejor!

Falta de asertividad, de enfoque, ausencia de delegación, una buena dosis de procrastinación y malas excusas. Ahí es nada. Eso son algunos de los motivos que me limitaron y me alejaron durante bastante tiempo de mis objetivos. Siguen ahí, ocultos, a la espera de la más mínima muestra de debilidad por mi parte para volver al ataque, y si bien el simple hecho de percibirlos y contenerlos no me asegura la consecución de mis metas, sí hace que haya pasado a juzgar mis éxitos por lo que tuve que entregar para obtenerlos. Y por nada más…

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