Faltaban 4 minutos para las 11h00. Cogidos de la mano, esperaban frente a la puerta que daba al patio interior. Aún no era la hora.Los más pequeños, a ambos lados de Mario, el mayor, lo sabían y se impacientaban mientras él no dejaba de mirar el reloj de pulsera que su madre le había entregado.

Cada minuto que pasaba era anunciado con una voz que si bien dejaba claro que de un niño se trataba, era firme y decidida. Habían pasado 2 horas desde que su madre había marchado al trabajo y todo iba como estaba previsto. Y lo previsto, ahora, era salir al patio a jugar. Como lo hacían todos los niños de 10, 8 y 4 años.

Pero en esos momentos su cometido era otro, y lo sabía. Al menos hasta que abriera de nuevo la puerta de casa a su madre, no sin antes comprobar y volver a comprobar que era ella. Ojo con eso, no lo toques, levántate del suelo, deja a tu hermanita… El marcaje era férreo. Pero no podía fallar.

Y no falló. Ni entonces ni a lo largo de los años en los que esas situaciones de asunción de responsabilidad fueron sucediéndose. Siempre fue responsable, asumiendo su papel de hermano mayor desde muy joven. Esa forma de actuar y de sentirse frente a las responsabilidades pronto se convirtieron en hábitos que acabarían moldeandole un carácter y por ende su vida.

Mas tarde, ese afán y esa rigidez que el mismo se imponía a la hora de querer controlar su entorno a menudo inhibían el placer y la satisfacción cuando de encarar o celebrar proyectos se trataba. Siempre faltaba algo.

Porque el perfeccionista, el permanente insatisfecho es juez y parte de si mismo. Toma partido en su propio juicio. Jamás será imparcial, al contrario, será su propio verdugo. Se impone exigencias imposibles de satisfacer que le impiden en demasiadas ocasiones disfrutar del presente. Ve como el hoy quiere ser el mañana, el ¿y después de esto qué? Permanecer en el momento le resulta inviable y hasta indeseable. Siempre a la búsqueda de algo que le imposibilita ser quién realmente es.

Su vida siguió por esos derroteros durante años. Su auto exigencia no parecía tener fin…

Hasta que sucedió. Fue cuestión de poco tiempo, unos días, a raíz de una lectura selecta. Ahí empezó todo. Emprendió el camino y no volvió a dejarlo. Nunca. A día de hoy sigue en él.

¿Pero que despertó en él? ¿Qué ocurrió?

Para empezar, trató de vivir más el día a día, de no pensar más allá de lo necesario. Eso le infundió confianza y seguridad. Dio un vuelco a su vida profesional y una vida mas allá de los límites que él mismo se había creado se le reveló.

Buscó lo genuino, lo real. Dejó de interpretar para observar, de pensar para escuchar. Fue acallando su voz hasta parecer introvertido y hasta inaccesible. Pero él no era así. Todo el que hoy lo conoce lo sabe. Tiró esa pesada mochila del que dirán y empezó a correr. Y sigue corriendo.

Hizo cosas diferentes. Cambió sus rutas habituales y dejó de pisar terreno cómodo y seguro. Pasó incluso de temer la muerte y el morir a solo temer el morir. Porque la muerte no asusta, es parte de nuestra existencia. Pero el morir, eso amigo, eso nos incumbe a ti y a mi.

Tenía tantos proyectos y tantas cosas por hacer que ya no había tiempo para preocuparse. Lo que antes importaba, todos esos apegos, ya no eran tales. Estaba lanzado.

Averiguó sus miedos para después afrontarlos. Y acabó descubriendo que sus temores no eran para tanto. Se paró, miró y se enfrentó a su mente, quién al ver tanta fuerza y decisión optó por acompañarle. Porque la mente juega con nosotros. Pretende mostrarnos los hechos y las situaciones que vivimos de forma diferente a como son en realidad. Pero las cosas son como son y no como las interpretamos. No la dejes dominarte, proponle un objetivo y te seguirá.

Con el tiempo renunció a enfocarse en su lista de defectos. Fue al descubrir todas esas inseguridades también en los demás. Olvidémoslo, nadie está en este mundo para adivinar o advertir nuestras carencias. Ya tienen lo suyo.

Y por último, averiguó que todos sus pensamientos no eran mas que su propio diálogo interior. Y no le gustó lo que oía. Cambió su discurso y pasó del las cosas son así al ¿porqué no? Luchó contra el pesimismo y el fatalismo generacional en él y se tornó realista, hasta optimista en ocasiones. Se convirtió en un acérrimo defensor del Poder de las Personas.

Han pasado muchos años. El niño que se hizo adulto demasiado pronto sigue teniendo sus momentos de dudas y sus miedos. Pero le sobran retos, proyectos y sobre todo fuerza e ilusión para afrontarlos.

Tags

 

0 Comments

You can be the first one to leave a comment.

Leave a Comment